MI PROCLAMA POR LA PAZ

MI PROCLAMA POR LA PAZ

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POR LA PAZ

poeta

Voy a tomar partido. No me perdonaría la historia de mi país ni mi conciencia, si no pronunciase mi proclama sobre la paz de nuestra patria. De antemano sé que perderé algunas amistades que, seguramente, no recuperaré, pero no puedo negarme la oportunidad de ejercer, con el mayor respeto, el derecho de opinar sobre un tema de tanta trascendencia para la vida de mi país.

Después de muchas horas de reflexión sobre las razones que me obligan a optar por determinada opción, he mirado desde la altura de mi espíritu sereno el enorme distanciamiento de los hombres en torno a la convivencia sobre esta tierra que nos vio nacer. En este recorrido sin cohibiciones morales y sin influencias que limiten mi pensar, he tenido que revisar los momentos mas sublimes y deprimentes de la historia de nuestra patria para cerciorarme de las falacias que proliferan desde los orígenes mismos de los diferentes sistemas políticos, hasta las luchas por implantarlos y que hoy son fuente primigenia o razón de ser de nuestro proceder durante cada momento de la vida cotidiana con nuestros congéneres.

De todo lo que examiné, tanto lo antiguo como lo reciente, lo que más me impresionó fue el desmedido fanatismo por posiciones y actuaciones, que a la luz de la inteligencia y de la razón, no ameritaron tanto sacrificio para lograr o mantener un dominio sobre el otro; actuaciones que, finalmente, nos han conducido a ir dejando un rastro de sangre y de injusticia sobre lo que vemos y hemos creado. No hay necesidad de retraernos a los orígenes de las religiones, su evolución, su imposición o a la independencia de las naciones, la delimitación de fronteras, el monopolio de productos, entre otras, para evidenciar la sangre derramada en cada paso que dimos mediante el adoctrinamiento, la conquista, la colonización y la independencia de cada territorio.

No podemos desconocer ni quitarnos de nuestra piel y de nuestro espíritu, que tanto el temor como el poder, son dos fuerzas incontrolables para casi todos los mortales. La fuerza del temor, con su aliada la ignorancia, que nos incita a obrar por supuestos y cuyas acciones generan consecuencias inconmensurables y hasta fatales; y la fuerza del poder que nos limita el obrar y el pensar con lógica y con razón, puesto nos llevan a la práctica de ideologías fundamentalistas antes que a la búsqueda de una verdadera justicia.

Esa es la naturaleza del ser, aceptémosla o no, es inevitable sufrir las consecuencias; por ello, para mantener una convivencia sostenible, hemos trazado reglas, aparentemente acordes con el sentir de la mayoría y con el disentir de otros que sufren las consecuencias por la aplicación de las mismas. Como producto de esas normas, evidenciamos la inequitativa distribución del capital, o sea, ese cúmulo de bienes producidos que sirven para generar otros bienes o ese conjunto de derechos que forman parte de un patrimonio; también podemos dar testimonio de la aplicación de la justicia estratificada y en el enorme distanciamiento entre quienes todo lo tienen frente a quienes todo lo desconocen o se les niega.

No es fácil cerrar el círculo en torno a un objetivo de beneficio común. No todos estamos dispuesto a entregar parte de lo que hemos conquistado en cada pequeña o gran batalla de nuestras vidas. Preservamos intacto el temor por lo desconocido y nos aferramos como una hiedra a todos los bienes conquistados. Bajo la sombra del poder buscamos garantías para que todo permanezca intacto. Lejos de la sombra del poder, estamos sometidos y debemos aceptar la herencia que recibimos generación tras generación; herencia de miseria e injusticia social para unos, mientras otros pocos acumulan bienes para futuras generaciones de la misma línea de sus genes o de su entorno.

Pero cuando la fuerza de la represión y la fuerza de la resistencia reconocen sus fortalezas y debilidades, ambos bandos deben acordar un punto de conciliación antes que de confrontación; sopesar la realidad y ceder cada uno un poco para continuar la convivencia, como la mas noble y digna decisión a la luz de la inteligencia y de la razón. Exactamente eso es lo que nos pasa en esta coyuntura histórica que vive Colombia por la paz: ¿qué tanto estamos dispuesto a entregar para no continuar esta guerra fratricida?

Pero ceder un poco implica impunidad, injusticia, redistribución de capitales, ampliación del espectro político, participación en la democracia con garantías para todos; es decir, para muchos significa entrega, sometimiento, rendición; para otros significa esperanza, participación, oportunidad, equilibrio, nuevo renacer en la vida democrática del país. Ponernos de acuerdo por el SÍ o por el NO, no nos garantiza absolutamente nada, puesto que todo finalmente depende de los pasos que demos en adelante para consolidar una paz duradera.

Es bueno y sano para la democracia que exista quienes apoyen el NO al proceso de negociación, pero ese NO debe estar pleno de conciencia por la responsabilidad que implica para la historia de Colombia. Ese NO debe estar alejado del fanatismo político y debe ser un NO enriquecedor con alternativas frente a lo negociado, puesto que detrás de ese NO se promueve la continuidad de un estado de guerra para perpetuar otros poderes innobles que traerán devastadoras consecuencias. Ese NO está mas fundamentado en enfrentamientos personales, en temores desmedidos e injustificados, puesto que no creo que unos líderes guerrilleros terminen imponiendo su voluntad frente a la mirada baja de una mayoría, o solo que tengan la razón y el poder de convencimiento sin las armas y con la dialéctica incontrovertible para que todos debamos aplaudirlos hasta el final.

Quienes promueven votar por el NO en el plebiscito, han venido acomodando su discurso a la luz de las circunstancias. Ahora ese NO significa que quieren la paz, pero no los acuerdos; quieren la entrega de las armas y ver a la guerrilla derrotada y a sus líderes tras las rejas, pero no participando en la democracia, con los mismos beneficios de los actuales gamonales ni con curules en el Senado y en la Cámara. La realidad es que el líder del NO, además de ser un apasionado en su quehacer político por el podor, carece de la altura moral para promover la paz, puesto que él encuentra mas empatía en su discurso guerrerista, y cuenta con un caudal de simpatizantes que siempre se han adherido a su lucha con obediencia suma y ciega, la cual tiene los mismos ingredientes del fanatismo político que no mide consecuencias ni tiene la virtud de escuchar al contrario aunque ya esté rendido.

Quienes promovemos el SÍ, en mi caso particular, tenemos la plena convicción de que éste es un paso en la historia de Colombia para llegar a la paz duradera; es decir, a un estado de armonía entre la fuerzas que se disputan el poder y las clases sociales que sienten y aplauden ese poder si encuentran oportunidades para todos y no, únicamente, para unos pocos privilegiados cercanos al poder o dueños de los grandes capitales.
El SÍ de nosotros no es de ahora, es el mismo que le dimos a Pastrana para que fuera presidente y emprendiera un proceso de paz, el cual se llevó a cabo entre los años 1998 y 2002. Dicho proceso de diálogo estuvo acompañado por diferentes gobiernos, por organizaciones multilaterales, organizaciones no gubernamentales (ONG) y sectores de la sociedad civil colombiana y extranjera, entre otros. Durante el desarrollo del proceso se presentaron inconvenientes con el Ministro de Defensa, con los altos mando militares, con las mismas FARC que abusaron del propósito de la zona de distensión que era la negociación política. Además, se desconoció el Acuerdo de Caquetania.
Es claro que el gobierno Pastrana, constitucionalmente tenía que ejercer un control jurídico y político sobre la zona de distensión, pero con el actuar de las FARC y la permisividad del mandatario, la presión de sectores en contra de la dirigencia política, de los gremios y de la cúpula militar, quienes vieron como las FARC mantenían un control sobre un territorio, al tiempo que se financiaban de secuestros extorsivos, robos y narcotráfico, expandían sus operaciones militares, políticas y diplomáticas, creando nuevos frentes de guerra y reclutando nuevos combatientes, mientras culpaban al gobierno de no combatir a sus principales enemigos los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).
Finalmente, las FARC terminaron utilizando los diálogos para aumentar sus ganancias a través del narcotráfico, secuestrar, asesinar civiles, obligar a menores de edad a unirse a sus filas y mantener más de 450 soldados y policías cautivos en campos de concentración en la selva, mientras secretamente montaban un cerco sobre la capital para tomarse el poder; según cuenta la historia de la cual no damos testimonio, puesto que no era nuestro quehacer matutino.
Todo esto y mucho mas pasó desde aquel entonces, y hoy vemos con sorpresa y quedamos anonadaos cómo el amigo de la paz, Pastrana, ave de plumaje níveo e impoluto en otros tiempos, hoy convertido en cuervo con graznido solitario repicando el Llanto de Boabdil “llorar como mujer lo que no supo defender como hombre”.

La forma de promover el SÍ y el NO, tanto en las redes sociales como en los tradicionales medios de comunicación, deja mucho qué desear de la función de orientación y de comunicación dinámica y efectiva de cada uno de ellos. Ya sabemos que la mezcla entre religión y política, desfavorece el respecto por el concepto de libre pensamiento y libre escogencia; igualmente, estos medios de comunicación, alineados a intereses mezquinos, sin medir consecuencias, se prestan para el juego de lo absurdo y en sus redes caen los incautos que no profundizan ni dimensionan lo que está en juego y, en consecuencia, replican, como autómatas, toda clase de comentarios, montajes de imágenes, conceptos infames, desproporcionados, mentirosos, tanto de unos como de otros. Desafortunadamente, es una minoría, con el poder de la manipulación que, muy seguramente, ni se han leído el acuerdo de las partes resultado del proceso de negociación en la Habana. Pero lo peor de todo, es comprobar cómo en Colombia existe un grupo de fanáticos, quienes en forma irreflexiva siguen la orientación de su líder, así este diga que está de noche y el sol brille a plenitud en el firmamento. Verdaderamente a esa actitud que se manifiesta con pasión exagerada, desmedida y tenaz, en defensa de una idea, teoría, cultura o estilo de vida, le tengo miedo, puesto que me trae a la memoria momentos amargos de las cruzadas, las guerras mundiales y las innumerables formas de lucha mediante la opresión y la manipulación de la conciencia. Es imperdonable que un académico o intelectual, se preste para esta clase de situaciones. Nosotros debemos poner al servicio nuestra capacidad intelectual para orientar y ofrecer puntos de vista, alternativas si se quiere, tomar partido sin incitar al enfrentamiento, pero no promover el distanciamiento de la sociedad en pos de conservar la simpatía personal por un líder o un grupo en especial.

¿Y dónde está el botín producto de la contienda? No creo que la realidad pueda ser mas triste que la de aquellos héroes anónimos que lucharon durante la independencia, y al final los dueños de la tierra siguieron acrecentando sus bienes hasta nuestros días, mientras que el pueblo romántico y abatido celebraba con esperanza ese grito de libertad y de nuevas oportunidades, las mismas que siguen esperando los desterrados, los desplazados, los victimarios y sus víctimas; es decir, aquí no hay botín, ese tesoro real está muy adentro de la espesa e intrincada maraña social que debe conmoverse y hacer un alto para lograr un poco de justicia en la distribución del capital, el cual debe ser orientado hacia nuevas oportunidades en la resolución de las necesidades básicas de los que verdaderamente han sufrido el conflicto, como mínimo.

Referente a los conflictos que terminan en procesos de paz, es bueno tener en cuenta que lo normal no es que quienes emprendieron un proceso revolucionario terminaron pagando largas condenas, y que el estado salió triunfante como producto del poder y de la fuerza. Esa utopía está en el imaginario de alguien que no ha profundizado el conflicto colombiano, pues es claro que una guerra por mas de cincuenta años solo ha dejado miseria, familias aniquiladas y destrucción. El estado fue impotente ante la arremetida del adversario, y estos a su vez entendieron que la única esperanza de normalizar su situación y acoger un proceso democrático, era aceptando el sistema político actual con su fundamentación económica e ingresando, en forma gradual, a la conquista del poder, o de una parte del mismo, por medio de la participación en las justas democráticas. Es prudente señalar que es preferible resistir largas jornadas de debates en los espacios de la democracia, que enfrentar a sangre y fuego los hijos del mismo pueblo, que hoy buscan una aproximación con el estado y con la clase dirigente de los diferentes sectores políticos, económicos y sociales. Es loable aplaudir esta iniciativa desde todo punto de vista; no podemos esperar diez o veinte años para sumar mas muertos y volver a redefinir un acuerdo que, seguramente, no es lo mas perfecto y soñado, pero sí cuenta con el aval de grandes dirigentes latinoamericanos y de otras regiones, como alternativa para vivir en sociedad y abandonar la trinchera en donde la muerte acecha a cada instante.

He podido escuchar a pocas personas cercanas a mi entorno que votarán por el NO, y les he preguntado que si leyeron el acuerdo de la Habana e inmediatamente descubro que están influenciados, su visión es ajena, y no tienen criterio propio, su convicción no es profunda; pero mas triste es el hecho de saber que como no han padecido el dolor de la guerra, ni tienen familiares cercanos que hayan afrontado el conflicto, perciben ese asunto lejano para ellos, como si los que vivieran el conflicto estuvieran en otro continente. La sensibilidad humana y la sensibilidad por la paz, son hermanas, si no se siente de esa forma, entonces tendremos que sufrir en carne propia para entender la dimensión del conflicto que estamos tratando de aplacar.

¿Qué implica ese SÍ? Ese SÍ esta revestido de mucha tolerancia, de un perdón sin estigmatización permanente, de aceptar una participación mas amplia en la democracia con mejores garantías, de asumir consecuencias por actos, sin que ello implique nuevas motivaciones para la continuidad de la guerra, ya que los daños causados no tienen un único culpable: el accionar desmedido del estado se preocupó mas por derrotar a su enemigo, hijos del mismo pueblo, que por enfrentar las causas que permanecen y son origen de la controversia. Igualmente, los adversarios, hoy llamados guerrilleros mañana ciudadanos, aprovecharon todos los elementos que les brindó la naturaleza, el entorno social y todas las formas habidas y por haber, propias de la delincuencia, ya no para promover su ideología, sino para permanecer, acrecentar y sostener su emporio. Esa realidad incontrovertible es la que debe quedar en la historia de Colombia y no la continuidad de una guerra que sabemos de su principio pero desconocemos la hora de su final o ya veremos si preferimos quedar como los habitantes de Macondo “las estirpes condenadas a cien años de soledad que no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Prefiero ver a los dirigentes de nuestro país trabajando intensamente por los compromisos adquiridos con la firma de la paz, así existan inicialmente profundas contradicciones sobre el cómo alcanzar la convivencia social, que gestionado recursos para la guerra o pagando extorciones a hurtadillas para evitar el sacrifico de familiares y amigos, como tradicionalmente hemos vivido. Es indudable que existe grandeza de espíritu en quienes en forma terca, desprevenida y contra viento y marea, han sacado este proceso adelante. La patria les sabrá reconocer sus servicios y la gratitud perenne brillará hasta el final de los tiempos.

Dejo este testimonio como poeta y escritor porque siento en mis entrañas mi patria colombina y nada me mueve mas que vivir en paz con mi familia, mis amigos, la naturaleza y todo el tejido social que circunda mi existencia.

Atentamente, ALBERTO VILLEGAS VILLEGAS.

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